Hay mitos en México que todos conocemos: Que el “pueblo bueno” nunca se equivoca, que la burocracia es eficiente… y que AMLO escribe sus propios libros. Sí, claro. Y yo soy el espíritu reencarnado de Octavio Paz. La realidad es simple: los libros del señor presidente parecen salidos más del inframundo editorial que de una pluma humana. Se sienten fabricados por un comité de fantasmas contratados a destajo, quizá pagados con estampitas de Benito Juárez o con la promesa de aparecer en la próxima mañanera como “intelectuales orgánicos”. Porque seamos honestos: cada vez que sale un nuevo “libro” con su nombre en letras enormes, no es otra cosa que otro monumento a su ego, otro ladrillo propagandístico cuidadosamente adornado con el perfume revolucionario de siempre, ese que ya ni engaña ni emociona, pero sí aturde. Pero lo realmente trágico —y aquí es donde empieza a doler— es cómo estos textos se venden no como libros, sino como actos de devoción. Quien los compra no busca ideas...