Que el “pueblo bueno” nunca se equivoca, que la burocracia
es eficiente… y que AMLO escribe sus propios libros.
Sí, claro. Y yo soy el espíritu reencarnado de Octavio Paz.
La realidad es simple: los libros del señor presidente
parecen salidos más del inframundo editorial que de una pluma humana. Se
sienten fabricados por un comité de fantasmas contratados a destajo, quizá
pagados con estampitas de Benito Juárez o con la promesa de aparecer en la
próxima mañanera como “intelectuales orgánicos”.
Porque seamos honestos: cada vez que sale un nuevo “libro”
con su nombre en letras enormes, no es otra cosa que otro monumento a su ego,
otro ladrillo propagandístico cuidadosamente adornado con el perfume
revolucionario de siempre, ese que ya ni engaña ni emociona, pero sí aturde.
Pero lo realmente trágico —y aquí es donde empieza a doler—
es cómo estos textos se venden no como libros, sino como actos de devoción.
Quien los compra no busca ideas, busca identidad. No busca criterio, busca
pertenencia.
Y AMLO lo sabe. Morena lo sabe. Y los medios alineados
también lo saben.
La fórmula es vieja:
1. Creas un líder infalible.
2. Le inventas un aura de sabio todólogo.
3. Le pones un libro entre las manos para “validar” su
grandeza.
4. Y listo: un país entero repitiendo citas que ni él
escribió.
Lo rudo del asunto es que esa manufactura de “verdades” se
convierte en arma. Una maquinaria que convierte la ignorancia en virtud y la
crítica en traición.
Mientras tanto, la masa —esa que tanto presume defender—
recibe estos libros como si fueran evangelios, sin cuestionar, sin pensar, sin
digerir.
Una lectura rápida, una foto, una frase fuera de contexto, y
listo: otro ciudadano atrapado en el hechizo.
Porque si algo domina el presidente no es la literatura,
sino el arte de vender pendejadas envueltas en sentimentalismo.
Es un comerciante emocional.
Un dramaturgo de la victimización.
Un poeta del enojo ajeno.
Y claro, cada libro es un capítulo más de ese teatro
interminable.
No sé qué sea peor:
— que creamos que él escribe esas cosas,
— o que él crea que nosotros nos lo creemos.
La verdadera tragedia no está en el papel, sino en la
estrategia: utilizar las emociones de un país entero como tinta barata.
Y eso, eso sí, no lo escribió ningún fantasma. Eso es 100% de él.

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